La carga de nostalgia y de tortura

que fui recolectando en el camino,

la impostada torpeza que pensé que era mía,

y esos pensamientos invasores

que, al fin, me convencieron de que todo era inútil,

todo hasta la belleza que tocaba mi pluma,

mi forma de mirarme en el espejo y ver sólo un enquencle,

un bufón a lo sumo

en la corte fantástica de los seres hipócritas…

Todo eso se ha acabado.

Ahora, poco a poco, me arranco los vestidos

y cuídense los necios,

pues sí, les tengo miedo,

todavía el temor agarota mi mano

pero ya no hay salida:

la voz está estallándome en el pecho.