El otro día, en el taller, disfrutamos de lo lindo y nos sorprendimos mucho también con la escritura automática.

Se trata de un ejercicio muy positivo para romper los bloqueos y para sacar material literario del fondo de nuestro subconsciente.

Consiste en sentarse a escribir sin pensar, con un inicio de frase pero sin una idea preconcebida y dejar que fluya todo lo que surja, sin intentar controlar ni contener nada.

En caso de que no se nos ocurra nada, podemos escribir eso mismo “no se me ocurre nada” pero sin dejar nunca de escribir, sin que la pluma tenga permiso para detenerse sobre el papel.

Éste es el resultado de mi ejercicio (aunque no fue totalmente automático, puesto que, como profesora, conocía las consignas que iba a ir dando, que consistían en escribir durante 5 minutos empezando con la frase “hoy creo”, después otros 5 minutos con la frase “hoy siento” y, por último, otros 5 minutos con la frase “hoy decido”). Aun así no me esperaba en absoluto este resultado, se me ocurrió la primera frase y eso me llevó a una locura que reveló mi estado de ánimo mejor que cualquier psicoanalista:

Hoy creo que los alcornoques son muy numerosos, están por todas partes y se chocan conmigo a todas horas; es imposible andar por la ciudad sin que un alcornoque mueva el tronco de su maceta y me destroce el parachoques. Resulta complicada la vida diaria, deberían inventar una manera de reducir su número o, al menos, de que dejen de impedir el lógico discurrir del tiempo.

Resulta contradictorio porque, por las mañanas, pienso que va a ser un buen día pero luego salgo y son capaces hasta de llamarme por teléfono –los alcornoques digo– y ahí me veo escuchando sus sonidos de ramaje denso que, por supuesto, no resulta comprensible pero tiene sentido para ellos y por eso, supongo, no paran, les encanta escuchar cómo el viento les inflama la boca mientras yo estoy ahí pensando que el día ya no está discurriendo como yo había planeado y voy viendo mi moral desmoronarse, así que cuelgo y sigo con lo mío cuando otro alcornoque me manda un e-mail.

¿Cómo pueden, acaso, escribirme correos? Ni siquiera eso, ¿cómo se alzan con un ordenador, lo abren con sus brotes tiernos que, seguro, se rompen, o con los muñones de sus ramas partidas y son capaces, ¿cómo?, de llegar hasta la aplicación, la que escribe correos, saber mi dirección (¿quién se la habrá dado?) y llegar a poner un mensaje que me hace fruncir el ceño y coagulárseme la sangre porque no entiendo nada? Y es que, aunque sea evidente, los alcornoques no hablan el mismo lenguaje y por eso hoy siento que, si intento aprenderlo y moverme como ellos y hacer como que, incluso, yo soy un alcornoque, al final me puedo convertir, de hecho, en uno de ellos.

Ignoro cómo puede ser eso posible porque todos sabemos que las personas no pueden transmutarse en otra cosa, pero también es cierto que, a veces, cuando me tiro mucho tiempo haciendo que les entiendo y respondiendo frases ilógicas a las que me responden con otras frases ilógicas llega un momento en que abro la ventana y me quedo mirando el cielo con la cabeza vacía y el viento pasándome de un oído a otro; exactamente igual que el árbol en el patio del colegio al que da mi ventana, que no es un alcornoque, pero bien podría serlo.

Y así me quedo dudando hasta que sacudo mis ramas, que, de pronto, vuelven a ser cabellos, noto que el corazón me palpita y me tranquilizo un poco.

Entonces tengo que coger un libro escrito –como algunos– por otro ser humano y dejar que mis ojos se balanceen entre ideas que me hacen sentir persona.

Por eso yo decido –aunque sea difícil mantenerlo a lo largo del día– levantarme como humana y acostarme como tal (cosa nada extraordinaria, por otra parte), por muchos alcornoques con los que me tope a lo largo de las 12-13 horas en que mantengo despierta.

Y creo que si alguno se me cruza de golpe o me da un bofetón con una rama que movió el viento (o el propio alcornoque), voy a respirar, decido respirar, hacer el Ommmm, pensar en mi playa favorita, sonreír y, aunque quiera partirle la rama y grabar mis iniciales en su tronco, lo voy a rodear, sin ni siquiera intentar hablar el lenguaje de los alcornoques ni malgastar palabras humanas y voy a continuar con el firme propósito de seguir con lo que había planeado cuando me desperté, por muy difícil que quieran ponérmelo.