Hace muchos años una cooperativa hizo allá un parque en un predio al lado del río, plantaron teca, construyeron un balneario y entre todos lo gestionaban.

Pasado un tiempo unos de fuera de la comunidad empezaron a construir sus casas al lado del predio, porque era bien bonito y se tomaban una parte del terreno que no les pertenecía. Las autoridades no les decían nada, dejaron que construyera uno, luego otro, luego otro más, y si le decían algo al tercero éste decía: primero díganle algo a los otros dos. Y así seguían.

Un  día vino un ganadero y se tomó unas tierras baldías colindantes al río y las valló. El presidente del patronato se llamaba Pedro, un hombre alto de pelo y ojos cobrizos. Fue a hablar con el ganadero, un tal Zelaya Suazo Matamoros pero el hombre tan sólo le ofreció pistola.

Por la noche, en el culto, después de las canciones y alabanzas, Don Pedro habló con el pastor.

-Mire usted, Don Pedro, téngase cuidado que ese individuo financió la campaña del alcalde y no hay quien se meta con él –le advirtió el pastor.

-Yo iré a hablar con él -se envalentonó Josué Isaías, un hondureño que escuchaba la conversación, bajito con cara de recién levantado de la siesta.

-Ni se te ocurra, chamaco, no me haga llevarle malas noticias a su familia.

-Ese hijo de la madre no se va a atrever conmigo.

Y allá se fue Josué, una tarde que caía, como todas las de agosto, una fina lluvia caliente, se presentó en casa de Don Zelaya.

El ganadero, un hombre con cuatro dientes de oro, más tostado que el cacao, se mecía en la hamaca colgada en el patio de entrada.

-Señor Zelaya, usted sabe que se está meciendo en una tierra que no es suya, ¿verdad?

El ganadero abrió los ojos, suspiró, se incorporó con esfuerzo, escupió a un lado, se calzó las botas de cuero y se metió en la casa sin decir una palabra. Al poco tiempo salió otra vez con una mano detrás de la espalda, arrastrando los pies. Antes de que Josué pudiera darse cuenta sacó una pistola y le disparó en el ojo izquierdo. Su sangre tardó en llegar al río lo que la noticia de su muerte a su familia.

En la policía hicieron un parte que quedó archivado para siempre, y el ganadero siguió meciéndose tranquilo bajo sus tecas.

Pero cuando llegó la multinacional a poner un bosque de palmas que secaría su río, Pedro no pudo seguir callando. Entre él y el pastor organizaron una manifestación con toda la comunidad para no dejar pasar a las taladradoras.

Les costó convencerles, todos tenían miedo, además del pobre Josué, todavía estaba el recuerdo de Berta Cáceres, a la que asesinaron por denunciar la construcción de una represa.

Los periódicos habían dicho que trabajaba en una organización ilegal que se agenciaba fondos de ONGs y que había sido un ajuste de cuentas, pero todos sabían que la verdad era muy distinta.

Pedro y el pastor les contaron a los vecinos lo que hacían las palmas:

-Cada palma chupa galones de agua, hermano, sus raíces van largo hacia abajo y hacia los lados. En 10 años no tendremos río donde bañarnos, ni turistas que vengan al balneario. No sólo eso, hermano, la palma se lo come todo y deja la tierra baldía. Si luego intentas plantar allá es como si plantaras sobre el pavimento. Además, con las palmas vienen las culebras y recen para que no se prenda un incendio porque arden de lo lindo y dejan todo peor que si explotara un volcán.

-No será para tanto, ¿no?, ¿señores? -se quejaba un campesino-, miren que dicen que van a crear muchos puestos de trabajo y aquí el trabajo escasea.

-Pues mire, don Heriberto, antes de que sequen el río lo contaminarán y se morirán los peces porque usan unos pesticidas que lo matan todo. Hágase a la idea de que le van a pagar una miseria por recoger sacos y sacos de esas pirrachas rojas del demonio mientras van secándole sus tierras hasta que quede igualito que un desierto, no más.

Y así, uno a uno convencieron a los más de 1500 habitantes de la comunidad. La manifestación fue un éxito. Las taladoras no pudieron pasar y se fueron por donde vinieron. Pedro se sentía tan orgulloso y agradecido que se prometió que, al día siguiente, iría a “su templo”.

Así le gustaba llamar él al valle que había al final del sendero de su casa, a la entrada del parque nacional. Allí también habían talado árboles para sembrar pasto para las vacas que iban a beber al río, pero aún quedaban ejemplares majestuosos, ceibas centenarias, más altas que cualquier construcción humana, se elevaban al fondo del valle. Otros árboles del país como guayacanes y san juanes no se quedaban atrás en altura. Lianas y helechos colgaban de ellos en una caída kilométrica.

La vasta extensión del valle rodeado de aquellos fósiles vivientes era mucho mayor que cualquier catedral y el silencio colmado del aire provocaba la misma tendencia a inclinar la cabeza en señal de respeto, el mismo temor inexplicable. Cuando llovía era como si un dios se duchara y, al acabar, el vapor caliente se quedara en el aire. Antes de que tuvieran tiempo las plantas de secarse volvía la ducha gigantesca a caer lentamente sobre los campos. No eran chubascos fuertes sino una especie de llanto calmado por algo que se sabe perdido.

Así empezó a llover cuando Pedro entró con su hija en el valle a lomos de su caballo. La niña, que tenía 10 años, no se perdía nunca una visita al “templo”. Al bajar por el sendero de cantos rodados oyeron un crujir de ramas y la niña creyó ver unos ojos entre la maleza.

-Papá -fue a decirle- cuando el chasquear de una escopeta y un ardor en el brazo tiraron del caballo a Pedro.

-¡A casa, rápido! -dijo poniéndose en pie con esfuerzo, dándole una palmada al caballo en los cuartos traseros.

Caballo y jinete se pusieron a salvo, pese a los gritos de la niña.

Él salió corriendo en dirección contraria, directo a la espesura. Comenzó a trepar por la empinada selva donde raíces, ramas y lianas se entretejían bajo la altísima bóveda de los árboles tropicales. La lluvia había convertido en barro toda la tierra y su desenfrenada carrera le hacía resbalar, caerse, levantarse y volver a resbalar, trepando como un loco ante la posibilidad de que el pistolero le siguiera. Se agarraba a todo lo que pillara y gateaba desesperado.

Tenía tanto miedo que era incapaz de mirar atrás, aunque estaba seguro de que le perseguían, porque le pareció oír otras ramas romperse que sus pies no habían pisado. La lluvia arreció, estaba totalmente empapado en agua, sudor y barro. Tuvo que parar un instante para coger aire y se atrevió a mirar; nadie le seguía.

Cayó al suelo como un niño que no supiera andar, gimió y se balanceó mientras las ramas, agitadas por el viento, le azotaban y empapaban. Los monos carablanca se oían a lo lejos.

Pudo estar así horas o minutos, jamás pudo decirlo, pero al fin se levantó. Iba a volver a casa por donde vino cuando se le ocurrió pensar que, tal vez, el pistolero podía seguir esperándole en el camino de vuelta, así que decidió subir la montaña para dar un rodeo.

Normalmente, en las tardes de verano, llovía durante cinco o diez minutos pero aquel día el cielo no se cerraba. Caminó pesadamente bajo la cortina de agua, asegurando el pie en cada piedra o raíz, mirando hacia atrás a cada instante. Al llegar a la cumbre agarró una rama y se colgó de ella hasta partirla con rabia. Luego la tiró con fuerza bajo sus pies, gritando: ¡¿Por qué?!

El eco hizo resonar su voz por todo el valle.

Comenzó a bajar y, de pronto, entre dos ramas, vio al hombre con su rifle, apuntándole.

Corrió como si bajo sus pies ardiera el suelo. Podía oír la respiración del pistolero corriendo tras él en la bajada por el terraplén resbaladizo. Cuando ya casi ni tocaba el suelo, se tropezó y rodó montaña abajo.

Tirado boca arriba, incapaz de moverse, tuvo tiempo de ver el rostro de su perseguidor, que se santiguó antes de cometer su obra, tan impropia de aquel templo.

Amaya Blanco

Honduras, agosto 2017.