Podría decir que mi vida es el resultado de una frase aparentemente inofensiva pero, en el fondo, cancerígena: “no se puede vivir de la escritura”.  Lo escuché desde mi infancia por boca de tantísimos adultos que jamás se me ocurrió cuestionar su validez. Mi madre me inculcó el placer por la lectura y mi padre el de contar historias pero como meros placeres cotidianos, semi-prohibidos.

Escribí mi primer diario con 7 años y todos los profesores alabaron mi creatividad. Gané el primer y el segundo concurso de poesía para escolares de la Diputación de Málaga, así como varios concursos en el instituto, y todos mis familiares me admiraron por eso al tiempo que todos mis primos me odiaron por lo mismo, pero cuando llegó la hora de elegir carrera, el mundo entero me aconsejó que, si también se me daban bien los idiomas, mejor eligiera Traducción, porque tendría más trabajo. Lo acepté como quien acepta que el sol sale por el Este; y me dediqué a mi carrera en Granada intentando escoger todo lo que tuviera que ver con la literatura: traducción literaria, métrica, literatura española y hasta árabe y lengua y literatura gallegas.

Mi profesor de métrica, Antonio Carvajal, me hacía salir en volandas de las clases, pero cuando le di algunos de mis poemas y hablé con él, me devolvió al suelo: “de esto no se puede vivir, joven, tienes madera pero mejor que te busques un oficio”. De nuevo la frase, esa frase enquistada en el estómago que, cuando la olvidaba, me soltaba su gatillazo. Así que seguí estudiando para “ganarme la vida” (con la ilusión de que a la vida se le puede ganar), aunque en los descansos me iba al parque de Lorca a leer poesía en los bancos, a la Madrasa donde recitaban los poetas o a las tertulias de la revista Letra Clara, donde publiqué algunos de mis primeros poemas en su Cuaderno Aparte. También, gracias a Carvajal, pude entrar en contacto con algunos de sus discípulos, como Francisco Acuyo, quien me orientó y me ayudó a publicar en la revista Extramuros, y en Alhucema.

“Sólo los pastelitos árabes consiguieron salvarme de la depresión”

Al acabar la carrera, como el árabe me había fascinado y me convencieron (¿me convencí?) de que aumentaba las tan ansiadas “expectativas laborales” (como si el trabajo en algo que no te hace feliz fuera una gran expectativa), decidí irme a estudiar árabe a donde hiciera falta. Lo intenté en Marruecos, pero aprendí mucho más francés que árabe, así que puse rumbo a Siria con el único salvoconducto de una carta de recomendación de mi profesor Indalecio y toda la inconsciencia de mi juventud. Si no me volví a las dos semanas fue por orgullo. Las pocas palabras que aprendí en la carrera no me servían porque allí no se hablaba árabe clásico sino dialecto sirio. Sólo los pastelitos árabes consiguieron salvarme de la depresión. Fue duro pero fascinante pasar por el proceso de aprender una lengua desde la oscuridad más profunda, como un recién nacido: balbucear, garabatear, llorar de impotencia, trazar una y otra vez buscando los sonidos, los dibujos, la mímica que me salvara de la incomunicación, y tras un año entero, darme cuenta de que apenas si sabía leer.

Había otras frases en mi cerebro, menos cancerígenas aunque también algo suicidas como: “tú no eres de las que se rinden”, que me impulsaron a seguir estudiando árabe al año siguiente, esta vez con una beca de intercambio en El Cairo. No quería pasar toda mi vida con aquel idioma así que me inmolé entre los libros para tomar las bridas de ese caballo tan bello como salvaje y puedo decir con orgullo que, tras conocer a los principales cuentistas árabes en su idioma original y estudiar el Corán, me alcé con el premio de la Universidad Americana de El Cairo de relatos cortos escritos en árabe.

"Era el momento de la tan esperada batalla con la vida"

Me merecía volver y casarme con el fotógrafo que llevaba 7 años esperándome, cosa que hice sin dudar. ¿Y a dónde ir juntos? Era el momento de la tan esperada batalla con la vida, batalla por la que había renunciado a lo que amaba, batalla que no podía perder. Mis padres me convencieron de que Cádiz (donde ellos vivían casualmente) era un buen lugar para hacerlo. En realidad era un lugar como otro cualquiera, pero me sedujeron los árboles plantados en promontorios sobre el mar y la luz poética que bañaba su costa. Empecé a trabajar como traductora autónoma para una editorial de Barcelona y no tardé en descubrir la Fundación Alberti, donde se celebraban los encuentros de Poesía Abierta. Allí conocí a Jorge de Arco y mi vida literaria (mi verdadera vida-ahora lo sé) dio un vuelco. Él me enseñó los secretos de la sugerencia y del ritmo y, desde su gran generosidad, me ayudó a conformar mi primer poemario Letras de Tierra, que se hizo con el premio El Ermitaño y se presentó, prologado por el mismo Jorge, en la casa del poeta donde nos conocimos. Aquella época en la que los hijos aún no habían revolucionado mi existencia, fue rica en frutos poéticos, como el premio  Searus de Los Palacios y Villafranca, con el que publiqué la colección de poemas Materia Viva, la participación en recitales promovidos por la Fundación Bonald; en cursos o tertulias organizados por poetas como Josefa Parra o Dolors Alberola o la publicación en revistas como Piedra del Molino y antologías como Homenaje a la Generación del 27, Homenaje a la Velada en Honor a Juan Ramón Jiménez, o Nube. Un mar de mujeres.

 

Mientras, la frase cancerígena empezaba a expandirse y desde estómago, donde ya era fuerte,  anegó los pulmones. Pasar horas y horas frente a un ordenador no era lo que yo había imaginado cuando me aventuré a estudiar árabe en Oriente Medio. Para colmo, las traducciones que hacía eran del inglés. Así que di un giro a mi vida pero no fue para dedicarme a la escritura (¿cómo, si de ella no se puede vivir?), sino para adentrarme en los entresijos de la cooperación internacional en la Diputación de Cádiz, porque, ya que sabía idiomas, al menos que fuera para ayudar a alguien (el servicio a los demás es mi otra pasión confesa).  No tardé en desilusionarme al conocer los intereses políticos y económicos que hay tras la máscara de la ayuda internacional.

Tuve a mi primera hija Luna. El cáncer de la frase invadió los riñones y de nuevo fue la escritura mi refugio. Hacía tiempo que quería adentrarme en la narrativa pero no sabía cómo. Descubrir la Escuela de Escritores fue el inicio del fin. Con el Itinerario de Novela, la batalla entre mis dos vidas se recrudeció y por primera vez me cuestioné la frase invasora: “¿y si no fuera cierta?”. La duda fue tan perturbadora como no saber, de pronto, por dónde sale el sol. Pero había demasiados pañales, demasiados papeles reclamando cantidades ridículas como para creer en los sueños y el cáncer se extendió al cerebro.

 

“Sí, fallecí literariamente, que es lo mismo que morir literalmente”

Me ofrecieron un puesto como coordinadora de un proyecto de cooperación en Gran Canaria y lo acepté. Seguí mi doble vida lo mismo que un espía, sin ninguna vida real (lo sé porque el CNI también intentó contratarme, pero eso es otra historia). Aprendí demasiado sobre escritura creativa, tuve a mi segundo hijo Leo, se acabó un contrato, me busqué más trabajos con que “ganarme a la vida” (ésa que no tenía) y al final me invadió por completo el cáncer y morí.

Sí, fallecí literariamente, que es lo mismo que morir literalmente. La tristeza me postró en cama y ni los pastelitos árabes pudieron salvarme. Tuve que recluirme en casa de mis padres y no pude volver a moverme hasta que llegó la revelación, la otra frase antídoto de la primera, la esperada cura: “no se puede vivir sin la escritura” (era tan fácil como cambiar una preposición). Para entonces había terminado mi primera novela con la guía del escritor Juan Gómez Bárcena, sin embargo, no me convencía, me parecía un ejercicio de aprendizaje y decidí lanzarme de nuevo ahora que tenía las herramientas. Escribí La doble B (ahora en proceso de selección editorial). Al mismo tiempo aposté por compartir mi pasión por la literatura como medio, no sé si de ganar a la vida (que a estas alturas me parece invencible), pero sí, al menos, de darme un paseo con ella. Por ello decidí centrar mi investigación de doctorado de la ULPGC en la relación entre escritura creativa y aprendizaje y servicio, y por ello también decidí iniciar los Cursos de Escritura Creativa.

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